
No hay nada casual en el gusto.
Lo que experimentamos con un producto como Hershey’s no es solo sabor—es un recuerdo que se estabiliza con el tiempo. Una referencia sensorial precisa repetida con tanta constancia que pasa a formar parte de la identidad de uno.
Este contrato encarna la promesa implícita de la marca: ofrecer una experiencia que cree recuerdos duraderos. No escrita. No negociada. Pero profundamente comprendida.
Dentro de ese contrato yace una expectativa, rara vez expresada pero sentida universalmente: lo que conocemos debe permanecer sin cambios.

En 1985, The Coca-Cola Company reformuló su producto insignia, impulsada por datos, pruebas a ciegas y la competencia.
Falló.
La nueva fórmula no falló por su calidad, sino porque rompió un recuerdo. En 79 días, la empresa cambió su enfoque.
La lección: una marca no es algo que optimizar, sino un punto de referencia que preservar.
Los paralelismos de hoy son claros. La reacción negativa por los ingredientes de Hershey’s —tanto de Brad Reese como de los consumidores— es previsible. Este es un comportamiento bien documentado.

Si New Coke reveló el costo emocional de la reformulación, Cuba demostró el costo estructural.
Hubo una época en que el sabor coincidía claramente con la geografía. Coca-Cola comenzó a embotellarse en La Habana en 1906, una de sus primeras expansiones internacionales. Durante 54 años, hasta 1960, Coca-Cola operó en Cuba, combinando la producción, la distribución y el abastecimiento de ingredientes en un sistema unificado.
Esto va más allá de ser un simple hecho histórico. Funciona como un ancla simbólica—un recordatorio de que la formulación, el suministro y la cultura estaban en armonía.
No es casualidad que el "Cuba Libre"originó en La Habana a principios del siglo XX. Una simple combinación—ron, cola, lima—y, sin embargo, fusiona a la perfección el branding global con las raíces locales.
Entonces, esa alineación se deshizo. Después de la Revolución y el embargo, Coca-Cola salió de Cuba. El sistema perduró: se reestructuró a sí mismo. Los productos se adaptaron. Las identidades se fragmentaron.
El gusto no se desarrolla por sí solo; se moldea por las limitaciones. La política reconfigura las cadenas de suministro. La economía altera los insumos.
Un cambio geopolítico desencadena una reformulación.
Cuando Cuba dejó de enviar azúcar de caña a EE. UU., las opciones estuvieron condicionadas por la estructura. El maíz nacional, respaldado por la política y la escala, impulsó la producción de jarabe de maíz de alta fructosa.
Las fluctuaciones del precio del cacao influyen en la sustitución. Luego sigue el aprovisionamiento.
Estas son respuestas sistémicas, y crean un dilema: las ganancias económicas son sutiles, pero las pérdidas sensoriales se perciben de inmediato.
Y en ese desequilibrio, la marca absorbe el costo: la confianza del consumidor disminuye cuando las experiencias sensoriales se ven reducidas, incluso si las razones económicas no son evidentes.
La política impone restricciones que rara vez benefician a los productos. Alteran las cadenas de suministro, modifican los ingredientes y erosionan discretamente la integridad que los consumidores esperan.
Es posible que los consumidores no reconozcan la química específica, pero sí notan la diferencia. La sensación en boca varía. La dulzura se ajusta deliberadamente. El final se percibe diferente.
Estos no son solo detalles técnicos; señalan una desviación. En sistemas calibrados, la desviación nunca es inocua. Se acumula. A medida que la referencia se desplaza, la confianza disminuye.
Una creencia corporativa común es que los pequeños cambios pasan desapercibidos. Esa creencia es errónea.
La reversión de “New Coke” de Coca-Cola
Preferencia persistente por formulaciones de azúcar de caña
Rechazo de los sustitutos “chocolatey” frente al chocolate real
Demanda continua de productos que mantienen los perfiles sensoriales originales
Atribuir la reacción adversa a una sola voz—incluso a una con linaje—ignora décadas de evidencia. La respuesta es colectiva, y esperamos una reacción.
La evidencia es clara: los cambios repetidos de producto en todas las industrias han provocado históricamente fuertes reacciones negativas, demostrando que la alteración de experiencias familiares perjudica de forma predecible la confianza del cliente.
Es la consecuencia esperada de un sistema que prioriza la eficiencia, la flexibilidad y la adaptación por encima de la estabilidad. La historia ha documentado este patrón.
De La Habana a Atlanta, del azúcar de caña al jarabe de maíz, de las recetas originales a las alternativas elaboradas, la tendencia es evidente.
La reacción a la decisión de Hershey’s no es una anomalía.
Los consumidores no se resisten al cambio indiscriminadamente.
Una marca no se define por lo que produce, sino por lo que preserva y se niega a cambiar: esta consistencia forma su vínculo más fuerte de confianza.
Jan Sierpe es un tecnólogo de medios impresos, experto G7® y consultor de Lean Manufacturing con más de 35 años en empaque e impresión comercial. Ayudó a impulsar la planta de VistaPrint en Windsor y, desde entonces, ha capacitado a más de 500 operadores de prensa, defendiendo el capital humano como el motor de la excelencia en la fabricación.
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